
Ah, el Summercase. Pobrecito. Ahora todos le echan las culpas a él: que si la guerra de festivales es culpa suya, que si el cambio de fechas no beneficia a nadie, lo complicado de llegar hasta él o el infame trozo de tierra en el que se celebra. Ajeno a casi todo esto, y a la mayor parte de un cartel que poco me interesaba, acudí a la cita. He aquí unas cuantas impresiones cazadas al vuelo.
La primera consideración un año más, y van tres, tiene como objetivo el recinto: un verdadero pedregal en el que no habitaría ni una manada de cabras; jodido lo tendrían para encontrar algo de hierba. Por desgracia, los responsables del Summercase y las autoridades políticas de Boadilla nos deben considerar menos que cabras. Y eso que algunos, con su comportamiento, justificarían tal comparación.



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Si señores, hay vida más allá del Coachella estos días y es que uno de los festivales más reputados por excelencia ha anunciado el plato fuerte de su cartel. 
















