
Mediados de septiembre. Sábado por la tarde. Una amiga vienesa nos pone al tanto de una fiesta semiprivada que esa noche estará teniendo lugar en Kreuzberg, en una casa particular que un par de veces al año sus inquilinos vacían para hacer sitio a grandes juergas. Allí nos plantamos con ánimo festivo para ver cómo una banda tímida pero emocionalmente intensa abría la velada desplegando en directo sus canciones desde uno de los ángulos de un inmenso salón congestionado por dosis generosas de una extraña energía.




















