Si hay un tipo que rehúya los lugares comunes y los caminos previamente transitados, ese es Matthew Herbert. Tal es así que hace tiempo redactó el 'Personal Contract for the Composition of Music', una especie de manifiesto de once puntos que le sirve de guía a la hora de elaborar sus canciones y que, entre otras cosas, le impide utilizar cajas de ritmo o teclados que no hayan sido manipulados por él mismo.
El resultado ha sido una retahíla de discos -desde 'Bodily Functions' (¡K7, 01) hasta 'Scale' (¡K7, 06)- en los que se ha valido de animales, frutas, sonidos corporales, iconos de la cultura corporativa (siendo destrozados), manifestaciones humanas o simplemente comida (basura o no) a la hora de dar forma a su contenido.
Uno que, además, siempre ha estado cargado de compromiso político y social (desde la crítica al capitalismo a la oposición a la guerra de Irak).