Finiquitado el festival, malamente recuperados los cuerpos y las mentes después de tres días y dos noches de aquelarre electrónico (en esencia, que después siempre hay desviaciones de la norma), toca hacer balance de lo que ha dado de sí la última edición del Sónar.
A título estadístico, decir que el
Sónar ha logrado este año reunir a casi 75.000 personas. Menos que el año pasado, sí; pero cifra para nada despreciable en una coyuntura de vacas flacas y recorte generalizado de presupuestos; y número más que suficiente como para, dada la reducción de espacios tanto de día como de noche, volver a sentir la presión de la marabunta con ganas de fiesta.
A nivel musical, que es lo que nos interesa, el Sónar ha certificado este año, grosso modo, la defunción del minimaleo como lenguaje imperante en clublandia y la ascensión a los cielos electrónicos de la bass music. El perfil del triunfador en este Sónar ha sido el del joven (jovencísimo) hacedor de beats que, a partir de códigos como el hip hop o el rave continuum, se sale por peteneras con un sonido ajado, reverberante, multicultural y calmoso pero de múltiples acentos (wonky, dub, étnico, futurista, psicodélico...).
En el aspecto crítico, reseñar que el Sónar sigue faltando en muchas ocasiones (la pela es la pela) a su propio subtexto:
se sigue echando en falta un mayor número de propuestas arriesgadas, rompedoras, que hagan bueno aquello de "música avanzada". Como dice un ilustre de la casa: "menos colorido gay pop y folk etno".
Pasamos ahora a destacar los que han sido, a nuestro juicio, los mejores momentos del Sónar 2009: