Frank Rothkamm es un compositor, filósofo y artista conceptual (sea lo que sea eso) alemán radicado en California. Su último trabajo lleva por título 'ALT 1989-2009' y su objetivo declarado es el de lograr "una máquina infinita, una deus ex machina, para poder experimentar un proceso infinito durante un periodo de tiempo finito". Y lo publica un sello francés, Baskaru, dedicado a lo experimental y que apenas publica un puñado de discos (cuidadosamente seleccionados) a lo largo del año.Elementos estos suficientes como para provocar rechazo inmediato en todo aquel que asuma esto de la música como una actividad exclusivamente lúdica, libre de anclajes conceptuales y pesos intelectuales que la impidan volar libre. Pero no se crean: en el fondo, y pese a su apariencia adusta y resabida, 'ALT 1989-2009' no deja de ser un disco de ambient que recoge piezas compuestas por Rothkamm a lo largo de las dos últimas décadas.
Canciones que casi nunca superan los cinco minutos sometidas todas ellas a un mismo proceso de producción: Rothkamm estableció una serie de parámetros para sus instrumentos y dejó que el sonido evolucionara por su cuenta a partir de los mismos, sin injerencias (salvo las mínimas imprescindibles) por su parte. El resultado son diez variaciones distintas, las diez canciones que componen el disco, de un mismo tema que tienen como referencia a Brian Eno, Pete Namlook o Biosphere.
Es decir, música abstracta y numerada con la que ponerle banda sonora a vectores y escalares, ejes dimensionales y matrices espaciales; en un plano abstracto como en el que estamos, a toda esa parafernalia matemática espacio-temporal que ni se ve ni se toca, pero bien la podemos dibujar con nuestra imaginación mediante diagonales en plantillas cuadriculadas. Este es el ambiente sonoro de un universo geométrico de líneas perfectamente definidas que echa mano de resonancias analógicas, tenues drones, paisajes digitales, elementos acústicos que en realidad no lo son y samplers dispuestos en forma de loops.
Lo de 'ALT 1989-2009' puede dar así la impresión de ser uno de esos discos de electrónica pura tan fríos como desapegados de cualquier pasión humana o animal. Y algo de ello hay: uno se imagina escuchando estas canciones perdido en la superficie de la Antártida con la sola compañía de Werner Herzog. Sin embargo, pese a lo árido y distante que pueda resultar en un principio, no deja de ser este un disco cuyo componente armónico se sitúa por encima de cualquier otra consideración (escuchen canciones como 'GUI' o 'OOO'), que no levanta nunca la voz y además trasmisor de una paz interior teñida de blanco.
Lo cual, créanme, facilita mucho las cosas.




















