El 'The Blueprint 3' (Roc Nation, 09) de Jay-Z quedará como una de las grandes traiciones de la historia de la música popular contemporánea. La razón es sencilla: cuando a principios del pasado verano comenzaron a filtrarse los primeros datos, se nos aseguró que este sería un trabajo de corte clásico en el que Jigga se dejaría de zarandajas modernas para volver a poner en primer término las viejas esencias del género. Cuatro meses más tarde, pocas de aquellas intenciones han sido finalmente materializadas. ¿Decepción? Más bien el cabreo propio de quien se siente engañado.Por aquel entonces también se filtró el que finalmente ha sido el single de presentación de 'The Blueprint 3', tercer volumen de una saga definitivamente diluida pese al eterno brillo de su primer capítulo. Aquel 'D.O.A. (Death of Auto-Tune)', desde su mismo título, daba a entender que Jay-Z regresaba para poner las cosas en orden en el mundo del hip hop después de tanto tiempo perdido en gangsta-rap de feria y politonos con los que bailar en el club.
Y efectivamente, 'D.O.A. (Death of Auto-Tune)' brilla con luz propia dentro de este 'The Blueprint 3'. Como lo haría, en realidad, dentro de cualquier otro lanzamiento de Jay-Z ya que se trata de un pepino de considerables dimensiones. Lo que ocurre es que aquí su fulgor es todavía mayor al estar rodeado por un conjunto de canciones que no logran hacerle un mínimo de sobra. Y que, además, desmienten todo aquello que se nos anunció, presentándonos a un autor que cercano a la cuarentena y con todo ganado de antemano, se ha vendido al postor de la modernidad mal entendida, el paso por caja y la fama a cualquier precio.
Salvo honrosas excepciones ('What We Talkin' About' es un buen comienzo, sin más; 'Run this Town' reluce gracias a la voz de Alicia Keys; 'Thank You' recupera parte de aquel barniz clásico del que hablábamos; 'Empire State of Mind', pese a lo tópica, funciona), 'The Blueprint 3' suma desengaño tras desengaño (escoge cualquiera entre el resto). El problema radica en que Jay-Z intenta aquí ser lo que no es y nunca será, tratando de hacerse con el cotarro del nuevo hip hop de factura electrónica y estética flashy (ese que facturan los aquí presentes Kid Cudi o Drake) y dejando de esa manera un rastro de vergüenza ajena por el camino.
Beats de plástico a cargo de unos Timbaland, Swizz Beatz y The Neptunes en horas bajísimas (solo se salvan de la quema No I.D., y, en menor medida, Kanye West), colaboraciones (las antes mencionadas) con las que arrimarse impropiamente a las nuevas generaciones y sensación constante de querer y no poder. En definitiva, un falso intento (esto no es lo suyo) al que además le falta inspiración de parte de sus perpetrantes y demuestra una indignante falta de personalidad por parte del principal interesado. Fiasco.

















