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Crónica Electrosonic: Sábado 22


La del sábado fue una jornada con mejor color: mayor asistencia de público y, para los que ya habíamos estado allí el día anterior, un sonido acorde con las circunstancias y una mayor variedad de registros en el cartel
. La afluencia de gente, en todo caso, comenzó a sentirse a partir de la medianoche. Que se lo pregunten a The Juan McLean, quienes dieron comienzo a su concierto ante no más de veinte personas (camareros apostados en barra incluidos).

Mejor suerte tuvo un Paul Ritch cuyo directo se terminó colando entre los mejores de la noche: minimal mueve culos y tech-house con pegada, sin concesiones pero sin aspavientos, elegante pero sobre todo, intenso. Carl Craig, por el contrario, dejó un sabor agridulce: escanció melodías y tiró de bombo cuando quiso, y siempre bien; espolvoreó remezclas y temas de facturación propia, todo lo cual siempre sabe a gloria. Pero a lo suyo le faltó lo que sí tuvo Jeff Mills: dirección y sentido.

Lo dicho: Mills llegó en su nave espacial pero no llegó a bajarse de ella, sino que invitó a subir a quien quiso. No muchos hacia el final de sus dos horas de sonido Axis trazado al milímetro y concesiones con la Roland. Pero totalmente hipnotizados por un tipo que no sabe hacer (porque no quiere) hacer concesiones de cara a la galería. O te montas y viajas con él alrededor de un espacio imaginado, o te quedas en tierra y te aburres soberanamente.


Para terminar con el trío de Detroit, Robert Hood se plantó con sombrero y un impecable directo sobre las tablas. Entre pads alrededor de Andromeda y espasmos acidorros, con el bombo como propulsor, Hood estuvo más mental que bailable (cosa que no muchos entendieron a aquellas horas). Y además cerró con Sister Sledge.

Pero si alguien dio la nota esa noche (en el buen sentido, que para el malo ya estuvo Sven Väth), ese fue Alex Under. Dos horas de directo entre lo demoledor (esos subgraves que te hacían la permanente a poco que lo llevaras un poco largas las puntas) y la más absoluta finura (ese respiro a base de notas de piano).

Y en el último momento, por fin, llegó el truchón a Burgos después de habérsele echado de menos hasta entonces: el cierre correspondió a Mulero y sus muleradas (Surgeon, Ruskin, Voorn...) para solaz de su fiel parroquia, a la cual no pareció importarle que el madrileño se mostrara menos industrialoide de lo normal.

Despedida pues a todo trapo de parte de un clásico para un evento que termina por consolidarse dentro de nuestro panorama festivalero.


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