Finiquitado el festival, malamente recuperados los cuerpos y las mentes después de tres días y dos noches de aquelarre electrónico (en esencia, que después siempre hay desviaciones de la norma), toca hacer balance de lo que ha dado de sí la última edición del Sónar.A título estadístico, decir que el Sónar ha logrado este año reunir a casi 75.000 personas. Menos que el año pasado, sí; pero cifra para nada despreciable en una coyuntura de vacas flacas y recorte generalizado de presupuestos; y número más que suficiente como para, dada la reducción de espacios tanto de día como de noche, volver a sentir la presión de la marabunta con ganas de fiesta.
A nivel musical, que es lo que nos interesa, el Sónar ha certificado este año, grosso modo, la defunción del minimaleo como lenguaje imperante en clublandia y la ascensión a los cielos electrónicos de la bass music. El perfil del triunfador en este Sónar ha sido el del joven (jovencísimo) hacedor de beats que, a partir de códigos como el hip hop o el rave continuum, se sale por peteneras con un sonido ajado, reverberante, multicultural y calmoso pero de múltiples acentos (wonky, dub, étnico, futurista, psicodélico...).
En el aspecto crítico, reseñar que el Sónar sigue faltando en muchas ocasiones (la pela es la pela) a su propio subtexto: se sigue echando en falta un mayor número de propuestas arriesgadas, rompedoras, que hagan bueno aquello de "música avanzada". Como dice un ilustre de la casa: "menos colorido gay pop y folk etno".
Pasamos ahora a destacar los que han sido, a nuestro juicio, los mejores momentos del Sónar 2009:

The Wizard (Jueves día)
O lo que es lo mismo, Jeff Mills desempolvando vinilos más viejos que muchos de vosotros (alguno que otro incluso rayado) y pinchándolos a cuatro platos. Asegurando velocidad y control en la mezcla y ejerciendo de historiador a lo largo de casi dos horas: funk con sabor añejo, hip hop de cuando su principal afluente era el electro, techno de cuando todavía no se llamaba así y house que parecía disco porque en realidad lo era. Un monstruo el tío.
Ese mismo día también brillaron Debruit (ritmos gordos, ecos del mundo y toalla cubriendo el portátil a lo Method Man) y Konono Nº 1 (eternos y serpentinos en sus canciones). Por el contrario, Filastine (manejando percusiones e imágenes en directo sobre bases programadas) nos dejó a medias por falta de presión; The Sight Below no tuvieron ni el momento ni el lugar; y lo de Tim Exile y los robots de Roland Olbeter sonó a timo (hasta que el primero acabó poniendo sus propios temas).

















